Hay una frase que llevo semanas escuchando en el trabajo: “Por fin es viernes”. Y casi siempre respondo lo mismo:
“¿Y por qué hay que esperar al viernes?”
No lo digo porque crea que no deberíamos alegrarnos de que llegue el fin de semana. A mí también me gusta que llegue. Trabajar cansa, igual que cansa concentrarse, tomar decisiones, resolver problemas o coordinarse continuamente con otras personas.
Podemos disfrutar mucho de nuestro trabajo y, al mismo tiempo, tener ganas de descansar.
Una cosa no debería excluir la otra.
De hecho, un metaanálisis publicado en 2025 en Journal of Applied Psychology encontró que las vacaciones tienen un efecto importante sobre el bienestar y que sus beneficios pueden mantenerse durante más tiempo de lo que investigaciones anteriores habían sugerido.
Pero hay otra frase que llevo escuchando bastante desde que volví de vacaciones, a finales de julio, y que ahora reaparece con la famosa vuelta a la normalidad: “Ya se me han olvidado las vacaciones”. A veces acompañada de otra todavía más gráfica: “Parece que no me he ido”.
Durante agosto he ido viendo volver a unas personas y marcharse a otras. Ahora llega septiembre y, con él, esa famosa “vuelta a la normalidad”: vuelven los horarios, los calendarios empiezan a llenarse, retomamos conversaciones pendientes y reaparecen todos esos “esto lo vemos en septiembre” que dejamos aparcados antes del verano.
En muy poco tiempo volvemos a estar dentro. Y quizá por eso las vacaciones parecen quedar tan lejos tan rápido.
Esa fue mi primera interpretación. Sin embargo, cuanto más escuchaba esas frases, más me preguntaba si realmente era solo una cuestión de lo poco que nos dura el descanso.
Cuando llevamos mucho tiempo haciendo algo de determinada manera, dejamos de prestarle atención. No necesariamente porque esté bien o mal, sino porque forma parte de nuestro día a día y ya no necesitamos pensar demasiado en ello.
Las vacaciones interrumpen durante unas semanas ese paisaje. Y al volver podemos notar de nuevo cosas que antes de irnos apenas veíamos.
Una reunión reaparece en el calendario. Una mañana vuelve a empezar mirando determinados mensajes. Una respuesta parece urgente aunque nadie haya dicho que lo sea. Retomamos una forma de organizarnos exactamente en el punto en el que la dejamos unas semanas antes.
También vuelven cosas que echábamos de menos: una conversación con alguien, un proyecto que nos apetecía retomar, el ritmo de un equipo o incluso algunas rutinas que nos ayudan a ordenar nuestros días. No todo lo que vuelve necesita cambiar.
Pero durante unos días podemos volver a verlo. Y probablemente dentro de unas semanas muchas de esas cosas volverán a formar parte del paisaje.
Por eso últimamente me llama la atención esa expresión que utilizamos tanto en septiembre: ‘la vuelta a la normalidad’. Como si la normalidad hubiera estado esperando pacientemente a que regresáramos y solo tuviéramos que volver a ocupar nuestro sitio.
Podríamos pensar que después de unas semanas fuera tenemos una buena oportunidad para decidir qué queremos recuperar y qué preferimos dejar atrás. Algo parecido a empezar de nuevo con un poco más de distancia.
El problema es que no volvemos a una hoja en blanco. La reunión ya está en el calendario, el proyecto continúa, hay alguien esperando una respuesta y siguen existiendo compromisos que adquirimos antes de marcharnos, personas que necesitan coordinarse con nosotros y decisiones que no dependen únicamente de lo que nosotros queramos hacer.
Nosotros hemos parado durante unas semanas, pero todo lo que nos rodea no se ha reseteado con nosotros.
Y creo que ahí hay algo interesante que a veces olvidamos cuando hablamos de cambiar nuestros hábitos en el trabajo.
Nuestra forma de trabajar no es únicamente nuestra.
Yo puedo decidir que quiero proteger mejor determinados momentos de concentración. Pero si mi trabajo necesita que me coordine continuamente con otras personas, no puedo diseñar mi calendario como si estuviera sola.
También puedo decidir que no quiero vivir pendiente de cada mensaje. Pero si entre todos hemos ido construyendo la expectativa de que las respuestas son inmediatas, cambiar esa dinámica probablemente necesite algo más que silenciar una notificación.
Incluso puedo pensar que una reunión no me aporta demasiado y descubrir que otra persona obtiene precisamente ahí el contexto que necesita para hacer su trabajo. O puede ocurrir algo todavía más curioso: que sigamos manteniendo determinadas dinámicas porque cada uno piensa que son los demás quienes las necesitan.
No siempre hace falta que alguien establezca una regla para que terminemos aprendiendo cómo se espera que hagamos las cosas.
Y nadie recuerda muy bien cuándo decidimos empezar a hacerlo así.
Hay cosas que podemos cambiar por nuestra cuenta, otras que necesitan una conversación con más personas y algunas que, al menos ahora, no están en nuestras manos. Pretender que todo depende de nuestra actitud sería tan poco realista como pensar que no podemos influir en nada.
Hay cosas que podemos cambiar por nuestra cuenta, otras que necesitan una conversación con más personas y algunas que, al menos ahora, no están en nuestras manos.
Quizá por eso nuestra normalidad vuelve tan deprisa. No la reconstruimos solos.
Va reapareciendo entre calendarios, conversaciones, decisiones, compromisos y necesidades propias y ajenas. Entre cosas que elegimos conscientemente y otras que seguimos haciendo porque ya las hacíamos antes de irnos.
Y vuelvo entonces a aquella pregunta que suelo hacer cuando alguien dice “por fin es viernes”.
“¿Y por qué hay que esperar al viernes?”
Durante mucho tiempo la he hecho pensando en la persona que tenía delante. Pero después de darle vueltas a todo esto, ya no estoy segura de que sea únicamente una pregunta para quien está deseando que llegue el fin de semana.
También podríamos preguntarnos qué ocurre entre el lunes y el jueves para que tantos terminemos esperando lo mismo. Porque esa semana tampoco la construimos solos.
Ahora, a principios de septiembre, todavía podemos observar algunas cosas antes de acostumbrarnos otra vez a ellas. Las que echábamos de menos, las que necesitamos, las que otros necesitan de nosotros, las que quizá podríamos hacer de otra manera y también aquellas que ni siquiera recordábamos que hacíamos así.
Dentro de poco, probablemente, muchas volverán a formar parte del paisaje.
Antes de que eso ocurra, hay una pregunta que me ronda:
¿Qué queremos que vuelva a parecernos normal?

