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La última retrospectiva

Hace unas semanas, al terminar una fiesta, empecé a recoger una bolsa de basura que se había quedado en el suelo.

Una persona que estaba conmigo me miró y me dijo, con toda la naturalidad del mundo:

—Déjala. Ya hay gente que se encarga de eso.

No hubo discusión. Ni siquiera recuerdo si seguí recogiéndola o no. Lo que sí recuerdo es que, mientras volvía a casa, aquella conversación seguía dándome vueltas.

No porque hablara de una bolsa de basura.

Sino porque dos personas, ante la misma situación, entendíamos de forma diferente dónde terminaba nuestra responsabilidad.

Durante un par de días no volví a pensar en ello. Hasta que, casi sin darme cuenta, aquella conversación empezó a mezclarse con otras que había tenido esa misma semana.

Ilustración humorística sobre el cambio organizacional que refleja la contradicción entre querer que las cosas cambien y posponer continuamente la acción.

En una reunión escuché varias veces frases como estas:

—Hay que revisar esto.

—Hay que hablar con el cliente.

—Hay que simplificar este proceso.

Seguimos hablando unos minutos más y cambiamos de tema. Cuando terminó la reunión, me di cuenta de que nadie había preguntado quién iba a hacer todo aquello que acabábamos de decir que «había que hacer».

Y, sin embargo, nadie pareció extrañarse.

Unos días después llegó otra conversación. Esta vez, durante una retrospectiva. Estábamos hablando de la deuda técnica de un microservicio que llevaba tiempo dándonos problemas y alguien propuso dedicar un rato a dejarlo un poco mejor de cómo lo habíamos encontrado.

La respuesta fue inmediata.

—¿Para qué? Si en unas semanas nos vamos…

En aquel momento pensé que aquella conversación iba de código.

Ahora ya no estoy tan segura.

No sé si te pasa alguna vez, pero hay conversaciones que, sin saber muy bien por qué, vuelven una y otra vez a la cabeza. No porque hayan sido especialmente importantes. Simplemente, un día te descubres pensando otra vez en ellas… y empiezas a sospechar que quizá esconden algo que todavía no has entendido.

Eso es exactamente lo que me pasó con estas tres escenas.

Una bolsa de basura tras una celebración como metáfora de la iniciativa y la responsabilidad asumida sin que nadie la pida.

El aprendizaje organizacional que nunca aparece en un curso

Durante varios días pensé que hablaban de responsabilidad.

Después pensé que hablaban de compromiso.

Incluso llegué a creer que hablaban de iniciativa.

Pero ninguna de esas explicaciones terminaba de convencerme.

Y fue mientras escribía estas líneas cuando, de repente, entendí por qué aquellas tres conversaciones seguían volviendo una y otra vez a mi cabeza.

No hablaban de una bolsa de basura.

Ni de una reunión.

Ni de una retrospectiva.

Hablaban de otra cosa.

Porque, si soy sincera, no creo que nadie empiece un trabajo pensando que un día dejará de proponer ideas. Tampoco creo que nadie llegue convencido de que mejorar las cosas no merece la pena.

Más bien al contrario. Creo que la mayoría empezamos con ganas de aportar. Con ideas. Con esa mezcla de curiosidad y energía que hace que te salga bastante natural echar una mano, levantar un problema o dedicar un rato a dejar algo un poco mejor de cómo lo encontraste.

Entonces… ¿qué ocurre por el camino?

Mientras intentaba responder a esa pregunta, apareció una idea que, curiosamente, no estaba buscando.

Quizá las personas no solo aprendemos a hacer nuestro trabajo.

Quizá también aprendemos qué cosas merece la pena seguir intentando.

No creo que ese aprendizaje organizacional ocurra de golpe.

Imagino que se construye poco a poco.

Una idea que nunca vuelve a mencionarse.

Una conversación que termina exactamente igual que empezó.

Una retrospectiva cuyas acciones nadie vuelve a abrir.

Un «hay que…» que se queda, una vez más, sin nombre ni fecha.

Cada una de esas experiencias parece pequeña cuando la miras por separado. Pero empiezo a pensar que todas van dejando un pequeño poso. Y que, sin darnos cuenta, vamos sacando conclusiones sobre dónde merece la pena poner nuestra energía y dónde ya no.

Con el tiempo he descubierto que esta idea tampoco es tan extraña como parece. Modelos de aprendizaje organizacional ampliamente utilizados en el desarrollo del liderazgo, como el 70:20:10, llevan años señalando que una parte muy importante de lo que aprendemos no procede de la formación formal, sino de las experiencias que vivimos y de las personas con las que trabajamos. Quizá por eso esas pequeñas conversaciones cotidianas terminan enseñándonos mucho más de lo que solemos imaginar.

Conversación sobre deuda técnica que simboliza el momento en que dejamos de creer que merece la pena seguir mejorando las cosas.

Y entonces entendí también el título que llevaba días rondándome.

Quizá la última retrospectiva no es la última reunión que hace un equipo.

Quizá es otra cosa.

Quizá es la última vez que una persona se pregunta de verdad cómo podría mejorar algo antes de convencerse de que ya no merece la pena intentarlo.

Supongo que nadie sabe cuándo ocurre.

No hay una fecha en el calendario.

No hay un momento claro.

Simplemente llega un día en el que una idea ya no se propone. Una mejora ya no se intenta. Una pregunta ya no se hace.

Y quizá nadie, ni siquiera uno mismo, es consciente de que esa era… la última retrospectiva.

No la del proyecto.

La de uno mismo.

Y entonces apareció una frase que ya no he conseguido quitarme de la cabeza.

No dejamos de reflexionar porque no nos importe mejorar.

Dejamos de hacerlo cuando aprendemos que reflexionar no cambia nada.

Desde entonces, cada vez que escucho un:

«¿Para qué?»

«Eso no me corresponde.»

«Si funciona, ¿por qué tocarlo?»

…me cuesta cada vez más pensar que estoy ante una persona poco comprometida.

Empiezo a preguntarme otra cosa.

¿Qué ha tenido que vivir para llegar a pensar que ya no merece la pena seguir intentándolo?

Y, quizá más importante todavía…

¿Qué hemos aprendido todos para que esas frases hayan dejado de sorprendernos?

No dejamos de reflexionar porque no nos importe mejorar. Dejamos de hacerlo cuando aprendemos que reflexionar no cambia nada.