Hay personas que, con el tiempo, dejan de hacer algunas preguntas. Solemos pensar que han perdido el interés. Llevo semanas dándole vueltas a otra posibilidad.
Al principio casi todo el mundo hace muchas preguntas. Quiere entender cómo funcionan las cosas, por qué unas decisiones las toma una persona y otras alguien diferente o qué pasó antes de que llegara. Es normal. Todos necesitamos entender dónde estamos antes de empezar a aportar.
Cuanto más trabajo con personas esas preguntas cambian. Algunas desaparecen porque ya tienen respuesta. Otras porque dejan de hacer falta. Pero hay un tipo de preguntas que también empieza a desaparecer y que siempre termina llamándome la atención.
Con el tiempo me he dado cuenta de que todo eso también forma parte del aprendizaje organizacional, aunque casi nunca aparezca en un plan de formación.
No hablo de las preguntas necesarias para sacar el trabajo adelante. Hablo de las que intentan entender el porqué de las cosas. Las que cuestionan una forma de trabajar, exploran una alternativa o simplemente nacen de la curiosidad.
¿Qué ha pasado para que esa persona dejara de hacer esas preguntas?
Cuando dejamos de hacer ciertas preguntas
Durante mucho tiempo me quedaba con la explicación más sencilla.
Pensaba que esa persona había perdido la curiosidad o que, simplemente, ya no tenía el mismo interés que al principio. Seguro que tú también has escuchado alguna vez frases como «es que ya se ha acomodado» o «antes proponía cosas y ahora ya pasa de todo».
A lo largo de los años me he dado cuenta de que cada vez me cuesta más quedarme con esa explicación. Quizá porque cuanto más trabajo con personas, menos me convencen las explicaciones sencillas sobre el comportamiento humano. No porque crea que sea siempre falsa, sino porque he conocido a demasiadas personas como para pensar que todas dejan de hacer esas preguntas por el mismo motivo.
Hace unas semanas escribía que las organizaciones enseñan constantemente, incluso cuando no tienen intención de hacerlo. No hace falta montar un curso para enseñar algo. Las organizaciones enseñan todos los días, muchas veces sin darse cuenta. También enseñan con las conversaciones que tienen, con las decisiones que toman y con las cosas a las que prestan atención.
«Las organizaciones están perfectamente diseñadas para obtener los resultados que obtienen.»
W. Edwards Deming
Cada vez que vuelvo a leer ese artículo me hago otra pregunta.
Si las organizaciones enseñan constantemente… ¿qué estarán enseñando para que alguien deje de hacer determinadas preguntas?
No siempre hay una única explicación
Más de una vez me he encontrado con personas que dejaron de hacer esas preguntas porque estaban agotadas. No hablo solo de estar cansadas después de una semana complicada. Hablo de ese desgaste que aparece cuando llevas tiempo proponiendo cosas y sientes que nunca pasa nada con ellas.
También he conocido personas que estaban cerca de jubilarse y me decían, con toda la sinceridad del mundo, que ya no les compensaba empezar algo nuevo. Otras estaban convencidas de que ya no tenían nada que aprender. Y alguna también pensaba que esa persona mucho más joven que tenía delante difícilmente podía enseñarle algo.
Y sí. También he conocido personas que simplemente habían perdido el interés.
Por eso cada vez me cuesta más quedarme con una única explicación. Detrás de un mismo comportamiento puede haber historias muy distintas.
Hay preguntas que aparecen y desaparecen rápido. Y luego están esas otras que se quedan contigo durante semanas. Esta ha sido una de ellas.
Aprendizaje organizacional: seguir aprendiendo también tiene que merecer la pena
Y aquí es donde la pregunta empezó a cambiar para mí.
Ese aprendizaje organizacional no depende solo de los cursos o de los planes de formación. También depende de lo que vivimos cada día. Y es lógico. El trabajo cambia, aparecen problemas nuevos y lo que nos servía hace unos años puede que hoy ya no funcione igual.
Pero las personas también vamos decidiendo, muchas veces sin darnos cuenta, si seguir aprendiendo nos merece la pena.
No hablo de hacer un máster o apuntarse a un curso. Hablo de cosas mucho más pequeñas. Como seguir haciendo preguntas, proponer una idea aunque no sepas cómo va a caer o reconocer que no sabes algo. Incluso escuchar una forma distinta de hacer las cosas cuando llevas años haciéndolas de otra manera.
Seguir aprendiendo no sale gratis.
Requiere tiempo. Requiere energía. Y, algunas veces, también requiere tragarte un poco el orgullo y reconocer que otra persona puede ayudarte a ver algo que tú todavía no estabas viendo.
Las organizaciones necesitan personas que sigan aprendiendo. Pero las personas también necesitan sentir que seguir aprendiendo sigue mereciendo la pena.
No creo que esa decisión sea siempre consciente ni que dependa solo de la organización. Cada persona llega con una historia distinta, un momento vital diferente y unas expectativas que también van cambiando.

También aprendemos sin darnos cuenta
Pero sí creo que el entorno influye mucho más de lo que solemos reconocer. No aprendemos solo en cursos o formaciones, sino también cuando una idea genera una buena conversación, cuando una duda recibe una respuesta que ayuda a seguir pensando o cuando alguien nos hace una pregunta que nos obliga a mirar un problema desde otro sitio.
Hace unas semanas escribía precisamente sobre eso en «La función invisible de los equipos«. Hay aprendizajes que solo aparecen cuando trabajamos con otras personas. No porque alguien nos los enseñe, sino porque los vemos, los vivimos y acabamos incorporándolos casi sin darnos cuenta.
Y también aprendemos lo contrario. Aprendemos cuándo es mejor callarse, cuándo una propuesta nace con pocas posibilidades de salir adelante o cuándo hacer una pregunta solo sirve para alargar una reunión sin cambiar nada. Hace unas semanas escribía sobre el coste invisible de coordinarse, porque incluso las conversaciones necesarias pueden acabar desgastando a las personas cuando no llevan a ningún sitio.
No creo que nadie enseñe eso de forma intencionada. Pero también se aprende. De hecho, Amy Edmondson lleva años investigando algo que encaja mucho con esta reflexión: cuando sentimos que podemos hacer preguntas, reconocer dudas o equivocarnos sin miedo a ser juzgados, es mucho más fácil que sigamos aprendiendo.
La pregunta que me sigo haciendo
Cuanto más acompaño a equipos más me he dado cuenta de que cada vez me interesa menos saber si alguien quiere aprender o no.
Lo que de verdad me interesa entender es qué ha pasado para que dejara de hacer determinadas preguntas.
Porque no creo que las personas cambiemos de un día para otro.
Creo que vamos aprendiendo, poco a poco, qué cosas merece la pena seguir haciendo… y cuáles no.
Por eso, la próxima vez que piense que alguien «ya no quiere aprender», voy a intentar resistir la tentación de quedarme con la explicación más rápida.
Seguramente siga sin tener una respuesta clara.
Pero quizá la pregunta importante sea otra.
¿Qué ha vivido esa persona para dejar de pensar que seguir aprendiendo merecía la pena?
Quizá esa sea una de las preguntas más importantes que podemos hacernos cuando hablamos de aprendizaje organizacional.

