Pinta la agilidad como siempre has querido hacerlo

Camino de piedras marcando una dirección en la hierba, metáfora de los aprendizajes invisibles y los comportamientos que los equipos enseñan sin darse cuenta.

Lo que los equipos enseñan sin darse cuenta

Sobre los aprendizajes invisibles que cambian cómo participamos

Las organizaciones invierten mucho esfuerzo en enseñar. Definen valores, redactan principios, organizan talleres sobre colaboración, liderazgo o comunicación y explican cómo quieren que las personas trabajen juntas. Sin embargo, al mismo tiempo, existe otro proceso de aprendizaje que ocurre en paralelo. Uno que nadie diseña, que nadie facilita y que rara vez aparece en una presentación.

Las personas observan constantemente lo que ocurre a su alrededor. Observan qué pasa cuando alguien habla, cuando alguien se equivoca, cuando señala un riesgo o cuando cuestiona una decisión que parecía cerrada. Y de esas observaciones extraen conclusiones que terminan influyendo mucho más en el comportamiento cotidiano que cualquier documento de valores.

Porque las personas aprenden mucho más de las consecuencias que de los discursos.

El currículo invisible de los equipos

En educación existe un concepto llamado «currículo oculto«. Se refiere a todo aquello que las personas aprenden sin que nadie se lo enseñe explícitamente. No aparece en los libros de texto ni forma parte del programa oficial, pero se aprende igualmente.

Los equipos también tienen su propio currículo invisible. Es el conjunto de señales que transmiten continuamente sobre cómo funcionan realmente las cosas. Qué comportamientos encuentran espacio, qué conversaciones merecen la pena, qué iniciativas prosperan y cuáles acaban desapareciendo poco a poco. Nadie redacta ese currículo ni lo aprueba en una reunión, pero todas las personas lo aprenden. Y lo aprenden sorprendentemente rápido.

Lo interesante es que ese aprendizaje rara vez ocurre a través de lo que se dice. Ocurre a través de lo que sucede después. Después de una pregunta incómoda, después de una discrepancia, después de un error o después de una propuesta diferente. Es ahí donde se produce el aprendizaje real, el que termina condicionando cómo participamos.

La persona que dejó de insistir

Bandada de pájaros.

Hay una situación que he visto repetirse muchas veces en equipos diferentes. Una persona detecta un riesgo importante y decide comentarlo. No lo hace para llamar la atención ni para demostrar que tiene razón. Lo hace porque considera que merece la pena revisarlo.

La primera vez recibe una respuesta razonable. La segunda vez, una respuesta algo más breve. La tercera aparece un gesto sutil de impaciencia antes de pasar al siguiente punto. Nadie la ridiculiza. Nadie la castiga. Nadie le dice que deje de hacerlo. Pero algo importante empieza a enseñarse igualmente.

Con el tiempo, esa persona aprende que insistir no cambia demasiado las cosas. Aprende que dedicar energía a esa conversación tiene poco retorno visible y que existen otras batallas donde quizá merece más la pena invertir su atención. Meses después, el problema aparece exactamente donde había sido señalado.

Y entonces ocurre algo curioso. La persona sigue trabajando igual de bien. Sigue colaborando, sigue participando y sigue siendo competente. Pero ya no insiste de la misma manera. No porque haya perdido capacidad de análisis ni porque haya dejado de preocuparse, sino porque ha aprendido algo sobre cómo funciona ese entorno. Y ese aprendizaje cambia su comportamiento.

Algunas jaulas no tienen cerradura

Jaula.

Hay una metáfora que me ha acompañado toda esta semana: algunas jaulas no tienen cerradura, tienen memoria. Me parece una imagen muy precisa para describir algo que ocurre con frecuencia en las organizaciones.

Las personas aprenden a comportarse de determinada manera en respuesta a un entorno. Y después, incluso cuando las condiciones cambian, el comportamiento permanece. Porque lo que persiste no es la limitación original. Es el aprendizaje que esa limitación produjo.

Un equipo puede cambiar de líder, cambiar de estructura o declarar que ahora quiere más autonomía, más iniciativa o más pensamiento crítico. Y aun así las personas pueden seguir moviéndose dentro de los mismos límites invisibles. No por resistencia ni por falta de compromiso. Simplemente porque ya aprendieron dónde estaban las fronteras.

Ese tipo de aprendizaje no desaparece con un comunicado. Desaprender requiere experiencias nuevas, repetidas y consistentes. Requiere suficientes situaciones que demuestren que las consecuencias han cambiado. Porque las personas no modifican lo que creen por lo que se les dice. Lo modifican por lo que viven.

Cuando el cambio es tan gradual que nadie lo ve

Hay otro aspecto de estas dinámicas que me parece especialmente interesante. A veces el cambio es tan gradual que ni siquiera quien lo vive lo percibe. No existe un día concreto en el que alguien decida dejar de participar igual. No hay una reunión que marque un antes y un después.

Simplemente ocurre. Un día se deja pasar una conversación. Otro día se evita una discusión que parece poco útil. Otro día se guarda una idea para uno mismo. Y cuando todo eso sucede poco a poco, resulta muy fácil normalizarlo.

De hecho, muchas veces son otras personas quienes detectan antes el cambio. Un compañero, una amiga o alguien que recuerda cómo eras hace tiempo. Alguien que percibe que sigues estando ahí, pero de una forma diferente. Porque los equipos no solo influyen en lo que hacemos. También influyen en cuánto de nosotros mismos decidimos mostrar.

Una reflexión final

Esta semana he estado dándole vueltas a una idea bastante sencilla. Los equipos enseñan constantemente. Enseñan qué conversaciones merece la pena abrir, qué riesgos merece la pena señalar, qué ocurre cuando alguien se equivoca y qué partes de uno mismo encuentran espacio para aparecer.

Y todo eso ocurre aunque nadie haya planificado enseñar nada. Por eso la pregunta importante no es si los equipos están enseñando algo. La pregunta es qué están enseñando. Porque tarde o temprano las personas terminan aprendiendo, y cuando ese aprendizaje se consolida acaba convirtiéndose en la forma en que participan, colaboran y toman decisiones.

Quizá por eso merece la pena observar con atención algo que normalmente pasa desapercibido. No solo lo que ocurre cuando alguien habla, sino lo que ocurre después. Porque ahí es donde suelen empezar los aprendizajes que terminan definiendo una cultura.

¿Qué está aprendiendo hoy la gente de tu equipo observando lo que ocurre a su alrededor?


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